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Palabras que desarman, palabras que curan

21 de junio de 2026

O palabras que fracturan el hielo generacional.

Hoy llamé por teléfono a mi padre para felicitarle por su cumpleaños. Esperaba lo de siempre, supongo que no pensé nada. Le felicité en un tono cordial y alegre y me respondió con un: «gracias, cariño». En ese instante, algo se resquebrajó en mi, desbordando en mí un caudal inmenso de emoción. Sentí una punzada en la garganta que apenas dejaba salir un hilo de voz en mí. Solo tenía ganas de llorar, como si fuera una presa, levantar barreras y que saliera mi emoción en llanto.

Disimulé como pude, no quería que notara mi voz temblando y cambié la dinámica de la conversación, relatando qué estaba haciendo en ese mismo momento. Tras colgar, me quedé reflexionando en todo lo que había ocurrido y como me había desarmado por completo. Si pienso en mi niñez, me recuerdo como una niña alegre y respecto a mi padre, sentía respeto, exigencia, rigidez y, a veces, algo de dureza.

Cuando somos niños, interpretamos y gestionamos nuestras vivencias con las pocas herramientas que tenemos a nuestra disposición. No somos capaces de ver diferentes dimensiones de una situación o persona. Puede que la imagen que me creé de mi padre en estos años, sea el de una persona dura, que me ponía el listón muy alto o para el que nunca me sentí suficiente. Siempre podía un poco más, esa tarea del colegio no estaba perfecta del todo. Ese 7 de nota, no estaba mal pero podría haber sacado un 10.

No supe ni pude gestionar positivamente ese tipo de situaciones, interiorizando que, tal vez, el problema estaba en mí. Algo ocurría y por eso no llegaba a los estándares marcados por mi padre. No pude ver el trasfondo, que era que él quería que fuera mejor que él, que estuviera preparada para poder tener mejores condiciones de vida. Entenderlo, me conmueve profundamente.

Hoy me pilló desprevenida su respuesta e hizo grieta en esa capa de hielo que siempre estuvo ahí, entre mi padre y yo. De adulta entendí que nadie es culpable de esa «grieta». Miré con mirada compasiva la historia de mi padre. Él creció bajo la sombra de la dureza. Fue educado en un entorno donde los afectos se guardaban bajo llave, donde los abrazos no existían y la distancia era la norma. Mi padre no nació frío; fue entrenado para serlo, al igual que mis abuelos. Desarrolló mecanismos para sobrevivir sin la ternura que seguramente él también necesitó y no recibió.

Entendí entonces que nadie puede dar lo que no tiene, ni expresar lo que jamás le enseñaron a exteriorizar. Su frialdad habitual no era un rechazo hacia mí, sino una carencia emocional.

Al mirar el árbol familiar, veo que aquí no hay culpables. Es una cadena invisible. Mis abuelos probablemente recibieron lo mismo, o menos, de mis bisabuelos. Eran otros tiempos. Tiempos marcados por la posguerra, la escasez y la pura supervivencia. Cuando la prioridad diaria es asegurar el plato de comida en la mesa, el espacio para la gestión emocional se reduce a cero. Con familias numerosas y quehaceres interminables, las preocupaciones eran físicas y urgentes; no había tiempo, ni herramientas, para aprender a expresar un cariño genuino.

La ternura era un lujo que no se podían permitir mientras luchaban contra la dureza de la vida.

Hoy, al colgar el teléfono, sentí que una pequeña parte de esa cadena de frialdad se rompió. Mi voz tembló, sí, pero mi corazón se alivió. Entendí que el amor de mi padre siempre estuvo ahí, camuflado en el esfuerzo, en el silencio y en la protección. Y hoy, con un hilo de voz y dos palabras sencillas, decidió regalarme el abrazo que a él nunca le dieron.

Mi invitación en este post es revisar tu relación con tus padres y hermanos. ¿Les seguimos viendo con los mismos ojos con los que les mirábamos cuando éramos niños? Podemos imaginarlos como eran en su infancia, intentar visualizar su niño interior y sentir amor y compasión. Eso ayuda a ir modificando esa imagen que se quedó grabada en nuestra mente hace mucho tiempo y a ir fracturando poco a poco ese hielo.

No es tarea ágil, es un proceso. Piensa que todo esto viene de vía transgeneracional, imitación leal entendiendo que es lo normal. Dar una mirada amorosa, aporta luz a todo lo que se protege, evita u oculta generacionalmente.

Te leo en comentarios.

From → Reflexiones

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