Camino hacia uno mismo
En algún momento, perdemos nuestro punto de referencia. Las expectativas de afuera pesan demasiado y nada o muy pocas cosas nos producen satisfacción interna. El camino se desdibuja, podemos sentirnos perdidos llenos de nuevas preguntas para las que no encontramos respuesta. Nos miramos al espejo y evitamos sostener la mirada a un ser que ya no reconocemos. Es ahí, cuanto toca cambiar la brújula y recordar. Volver a mirar la vida con los ojos de la infancia, rescatar lo que nos hacían vibrar y regresar, por fin, a nuestro verdadero hogar: nosotros mismos.
En mi experiencia, habitar ese lugar de confusión y desmotivación fue fructífero, por eso no te voy a animar a evitarlo. Cada uno llega a su destino en el momento perfecto y según su propio nivel de conciencia. La vida siempre nos va dejando señales para ayudarnos a recordar lo que nuestra alma necesita.
Cuando somos niños, nuestra energía y nuestro canal tienen una pureza única. Todo es más sencillo porque no nos ponemos barreras ilusorias; simplemente dejamos fluir la vida y disfrutamos intensamente de cada instante. En la infancia, sabemos utilizar las herramientas naturales de las que disponemos para regularnos. Herramientas que, al hacernos adultos, olvidamos… hasta que el cuerpo grita: «hasta aquí».
En mi caso, el recuerdo llegó de manera muy orgánica. Fue mirando una foto de mi infancia como florecieron los recuerdos de lo que hacía y de las ilusiones que atesoraba. Me vi dibujando durante horas diseños de moda sobre maniquíes. Tenía un cuaderno que completé hasta agotar sus páginas; estaba lleno de vestidos dibujados sin mucha técnica, pero con una ilusión inmensa a golpe de lapicero. Hoy sé que todo eso estaba conectado con el amor que siento por la moda, una pasión que me llevó a crear mi otro blog y sus redes sociales, un proyecto que mantengo vivo desde hace años.
También recordé esos momentos en los que buscaba cualquier rincón para cantar. Siempre lo hacía a escondidas, era mi secreto por timidez. Cantar me hacía sentir tan feliz y tan plena que se convirtió en uno de mis grandes sueños. Incluso escribía canciones en inglés e inventaba las melodías con un órgano Casio. Hoy, como adulta, entiendo lo terapéutico que es cantar y liberar la voz; una medicina tan poderosa que probablemente le dedique un post entero más adelante.
Escribir también fue una constante desde niña. Tenía el típico diario de la Primera Comunión en el que, día a día, plasmaba mi mundo: mis relaciones con los demás, mi visión vital, mis miedos y mis ilusiones. Continué escribiendo durante mucho más tiempo, solo para mí, llenando cuadernos que parecían desear completarse con mis ideas, sueños y proyectos. Para mí, escribir era una forma de plasmar las emociones; una manera de quitarles intensidad o de encontrar una nueva perspectiva al releerlas en el cuaderno.
Estas son solo algunas de las cosas que amaba hacer cuando era niña. Retomarlas de adulta me ha traído una gran satisfacción y me ha permitido volver a abrazar a mi niña interior. Al hacerlo, decidí ir un poco más allá y preguntarme: ¿cuáles eran mis sueños cuando era pequeña y aún no existían los límites mentales?, ¿cómo me imaginaba de adulta?, ¿he cumplido con lo que mi niña interior esperaba de mí?
Cuando somos niños, todavía recordamos. Tenemos una sabiduría innata que siempre nos acompaña. Una de las rutas de regreso a nosotros mismos es volver, aunque sea por un momento, a nuestro niño interno; esa parte de nuestra esencia tan importante que jamás nos abandonará.
Te invito a una reflexión y a una práctica real para experimentarlo en ti. Merece la pena, porque tú mereces vivir plenamente.

