Del sello físico al energético. El viaje a la propia identidad.
Hace unas semanas, recogiendo la habitación, encontré mi sello de la Primera Comunión. Cosas de la vida, ayer acudí como invitada a una comunión y, por ello, decidí ponérmelo. Mientras lo observaba, me quedé reflexionando en su significado. Nuestras iniciales como impronta de nuestra presencia física. Nunca había pensado en su simbología, esas dos iniciales grabadas hablan de mí, de mi pertenencia, de mi identidad. Es un sello físico y, a su vez, es un sello energético.
Alguien pensó en mi nombre antes de que yo existiera. Antes de conocerme, ya había un nombre esperándome. Hay algo sagrado en elegir cómo se llamará una vida.
No podemos decidir cómo nos llamamos. Mis padres, mi familia, pensaron con ilusión y amor en cómo me llamaría. Pensarlo desde esta visión me llena de energía que honra, agradece y que me hace sentir amada y sostenida.
De pequeña veía unas iniciales en ese anillo que significaban la primera letra del nombre y del apellido. Hoy veo algo más. Veo identidad, herencia, energía y huella. Me volví a poner el sello al sentir con fuerza y orgullo que, para mi, significa la reafirmación de quien yo soy y de quien soy yo.
Nuestro nombre no sólo nos identifica, también sostiene una carga energética. No es casualidad que te llames tal como te llamas. El nombre es símbolo, es presencia, sonido y vibración. Durante muchos años no me agradaba mi nombre completo y me presentaba con su forma abreviada; hacerlo me resuena con esa timidez de niña con el deseo de no destacar. Como un susurro que decía: “no digas mi nombre entero, se me hace largo”. Acortaba mi nombre para acortar mi presencia en boca y oídos de otros. Ahora, en cambio, siento amor y orgullo. Cuando tengo que decir quien soy, lo digo con todas sus letras, sin abreviar.
Pensar en lo que significa este sello para mi ahora me ha dado una enorme claridad respecto a los complejos que tenía de niña y adolescente. No querer reafirmarme en quien era, no amar mi nombre y hacerlo más pequeño para encajar, era una forma de no sentirme identificada conmigo misma. La forma en que pronunciamos nuestro nombre, también cuenta una historia.
Hoy miro el anillo en mi dedo y no veo el anillo de la Primera Comunión de una niña tímida. Veo un pacto conmigo misma, una revelación que me atraviesa. El sello físico sigue siendo el mismo pero el sello energético se ha expandido. Al pronunciar mi nombre completo, reafirmo mi presencia y mi espacio en el mundo. Honro a quienes lo pensaron para mi y honro a la mujer que hoy lo habita en plenitud.
Quizá crecer también consiste en aprender a abrazar tu nombre, tu identidad y tu presencia.
Te dejo unas preguntas para que reflexiones:
-¿Cómo te presentas al mundo?
-¿Con tu nombre completo o con la forma abreviada o diminutivo?
-¿Qué sientes al decir tu nombre, orgullo y presencia o tal vez vergüenza?


