Paseo Consciente

Desde siempre, cuando salía a la calle, acostumbraba a ponerme unos auriculares y escuchar música. Todo lo hacía con música. Ir a comprar, a pasear, ir al trabajo o dirigirme a un punto de encuentro con amigos. Era impensable hacerlo sin escuchar algo. Acompañarme de mis canciones favoritas era algo así como un ritual de empoderamiento hasta que llegaba al lugar donde quisiera que me dirigiera.
Era un hábito bien arraigado, sea cual fuere el estado de ánimo de ese momento. Con el paso del tiempo, fue variando el dispositivo electrónico, comencé caminando con walkman de pilas en mano con cassete grabado de radio, después pasé a una miniradio, pasando por Mp3 que luego fue un Mp4 y terminando escuchando desde teléfono móvil. El gesto de siempre escuchar algo de música era también mi refugio emocional, las canciones se convertían en ese detonante que necesitaba para sentirme peor y llorar, normalmente creyéndome víctima de algo o alguien y dándome pena a mi misma.
Y estaba bien.
Era una forma de dar salida a esas emociones, basadas en un personaje que alimentaba en ese momento concreto. El caso es que siempre que salía de casa, ya me preparaba los auriculares y le daba al play. Andar al rítmo de la música, me energizaba mágicamente, incluso cuando pensaba que me sentía cansada, las canciones tenían un poder revitalizante. Así fue durante casi toda mi vida hasta no hace mucho. La música es muy importante para mi y lo seguirá siendo pero llegó un día y sin ningún motivo en particular salí de casa sin escuchar nada.
Y también estaba bien.
Lo que ocurrió no te va a sorprender. Inevitablemente llegaron a mi mente conversaciones internas, unas veces eran diálogos conmigo misma, otras, se trataba de conversaciones imaginarias con otras personas, normalmente preocupándome y revisando negativamente el pasado y/o recreándome en una de las múltiples probabilidades del futuro.
Me volví más consciente del ruido de mis pisadas, de mi respiración, de la velocidad de mis pasos y de la de mis pensamientos. ¿Por qué iba siempre y sin motivo con prisa? ¿Qué parte de mi quería ir tan acelerada y adonde quería llegar de esa manera? ¿Qué ocurriría si decidiera bajar el ritmo del paso?
Empecé a mirar más hacia arriba que al suelo y descubrí que me encanta mirar el cielo y fotografiarlo, dejarme sorprender con su belleza y no dar por sentado que está igual que ayer o que mañana. Cada día el cielo se ve diferente, impermanencia como constante, gran lección de la naturaleza y principio esencial de la existencia. Nunca conseguirás la misma foto del cielo, aún sin nubes, no es idéntico el azul y eso contiene la belleza de que todo esté en un continuo cambio y que cada instante, con todo lo que percibes que tiene y lo que no, es realmente irrepetible y único.
Y está bien.
Te preguntarás si el hecho de salir escuchando música por la calle es una decisión firme, la respuesta es no necesariamente. Ser flexible, probar hacer las cosas, aún las más sencillas, de otra manera es interesante por todo lo que experimentas y reconoces en tu interior. Si eres de realizar ese gesto de forma casi automática, te animo a hacerlo diferente por un rato y ver que ocurre en ti.
Y si no, también está bien.