El proceso de amigarse con el cuerpo
Hay días como el de hoy, en el que más me cuesta sentirme bien con mi cuerpo. Me cuesta amarlo tal como lo ven mis ojos, como lo sienten mis manos y como me veo en la ropa. Supongo que alguna vez a todas nos ha ocurrido. Observo que voy a ciclos. Tengo días y, a veces, temporadas enteras en la que no me siento bien al mirarme al espejo. Esto viene desde hace mucho tiempo. Algo que creció conmigo y que, con los años fui entendiendo mientras me buscaba en muchos lugares.
Si habéis nacido en los 80 y los 90 como yo, habéis crecido en la comparación y las expectativas de los adultos; las proyecciones de los mismos miedos y complejos de las que nos precedieron. Recuerdo ver las famosas «Mamachicho», a Xuxa y a modelos y actrices y desear ser como ellas algún día. Creía que alcanzando ese físico, alguien te amará, tendrás muchas amigas maravillosas y en definitiva, serás muy feliz. El éxito pasaba por llegar a parecerse físicamente a un prototipo impuesto por la sociedad.
Recuerdo en mi infancia y adolescencia, comparaciones sobre el físico con compañeras del colegio o incluso con mi prima de igual edad. Todo iba sumándose para crear y creer una narrativa que con los años se haría más fuerte. Nadie es culpable. La familia, el colegio, más tarde el instituto y la universidad…todos eran cómplices inconscientes y también víctimas de lo mismo.
Con los años me he dado cuenta de que el sistema siempre se enfoca en hacernos creer que siempre hay unos kilos por perder, unas arrugas por borrar, un trauma que sanar…porque es lo que interesa para vendernos más. Y lo compramos, lo digo porque yo también lo he hecho.
El problema es siempre desde donde hacemos lo que hacemos. Actuamos desde esa herida, desde esa carencia que creemos tener, con la expectativa de que, si lo logramos, en el futuro seremos más felices y más amados por los demás y por nosotros mismos. Pero ese momento nunca llega. Cuando logras perder esos kilos, difuminar o tensar tu piel, sanar la herida o trauma, no consigues sentirte bien; surge algo nuevo que tienes que eliminar, borrar o resetear.
Venimos de generaciones que ya cargan sus propio dolores emocionales, por lo que no es cuestión de crucificar a nadie. La solución pasa por ser más conscientes y entender de donde viene todo, dónde está la raíz. Y la raíz se cura sintiendo compasión por los demás y por nosotros mismos.
Te digo esto mientras siento rabia al escribir estas líneas: siente amor y compasión por tu cuerpo. El cuerpo es lo más inocente que existe. Si tienes que creer en algo, cree en él. Tu mente te puede engañar, pero tu cuerpo nunca te miente.
Podría meterme de lleno a contarte más de cómo he vivido todos estos años con esa presión y autoexigencia que yo misma me marcaba y de como me afectó a diferentes áreas de mi vida. Tal vez comparta en otro post hablando más de la relación con el cuerpo.
Mientras tanto recuerda, menos pensar y más sentir. Te propongo justo lo contrario a lo que quieren que hagamos, que es pensar y sobrepensar. Es lo que mejor hace la mente, va a su favor. Sobrepiensa y busca la solución rápida y anestesiante para no sentir. Pero yo siento, quiero sentir y no creerme todo lo que mi mente diga. Dejé de contar calorías, macros y calcular gasto calórico, aunque reconozco que me nace en automático el cálculo. Lo paro y me digo, no es desde ahí desde donde quiero decidir y actuar. Porque ya lo hice durante muchos años. No quiero hacerle sentir culpa ni imponerle un castigo. Lo que he observado es que el cuerpo reacciona y responde bien desde la calma, desde el cariño.
Cuestiónatelo todo, ese es el camino. No me creas a mi, ni a nadie. Tienes que comprobar las cosas en ti misma. Experimenta y siente: ahí está es tu respuesta, tu verdad.
¿Te gustaría que profundizara en los próximos posts sobre cómo fue el proceso de dejar atrás las calorías y la autoexigencia? Te leo en comentarios.




