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Nutrición Sagrada: cuando el control excesivo bloquea tu sistema nervioso

28 de junio de 2026

Cada elemento con el que interactuamos nos afecta y, lo aceptemos de forma consciente o inconsciente, nos nutre. Nos alimentamos de los vínculos que sostenemos, de las personas que elegimos, de los lugares que habitamos y de las creencias que sostenemos. Todo es nutrición. Pero hoy, quiero detenerme en el plato. Quiero mirar de frente cómo desarrollamos nuestra relación con el acto físico de nutrirnos y como esa historia ha ido evolucionando en nosotros. Alimentarnos es un intercambio de información.

De niños comemos como un acto instintivo de supervivencia y placer. Nuestra madre nos alimenta y no hay juicio alguno. Al crecer, el entorno, las dietas de moda y la cultura del miedo nos imponen normas a cumplir para encajar en los estándares sociales. Aceptamos sin darnos cuenta una programación.

Actualmente, estamos saturados de tanta información de como y de qué hay que comer. Si bien, es maravilloso contar con esta abundancia de datos, también es peligroso como llega a desconectarnos de nosotros y de nuestro cuerpo. Se complica innecesariamente la simpleza de alimentarnos, de saber escucharnos, de saber cuando parar, de cuánto comer y de qué comer en cada momento.

Analizamos el desayuno con una foto, cuántas calorías y nutrientes, demonizando alimentos como el pan o los hidratos y creando monstruos mentales que derivan en comportamientos obsesivos y de control. Analizamos (mente) en lugar de sentir (cuerpo). La balanza está en desequilibrio y vivimos en una confusión y una hipervigilancia extrema. El cuerpo lleva la cuenta, todo esto no cae a saco roto, sino que se va acumulando hasta que se rompe.

Todo esto genera un impacto en nuestro templo: cuando la mente etiqueta un alimento como enemigo, el sistema nervioso entra en modo supervivencia y ya no estamos en los tiempos de las cavernas para tener este modo activado constantemente. No puedes nutrirte de aquello que temes o culpas. La confusión externa apaga la brújula interna.

Cuando nos sentamos a comer desde la culpa o el miedo a ‘inflamarnos’ o ‘romper la regla’, el cuerpo no se nutre; se defiende. Entramos en un estado de alerta que nubla nuestra intuición, llevándonos a una profunda confusión donde ya no sabemos qué es lo que realmente necesitamos. Reconciliarse con el alimento es, en realidad, el primer paso para volver a confiar en la sabiduría de nuestro propio cuerpo.

No es normal evitar comer en familia o con amigos para no salir de tu restricción de alimentos, siempre se puede buscar una opción más afin a tus creencias o puede que solo tengas que saber disfrutar y nutrirte de la situación, de la energía del momento, de la presencia de tus familiares.

A veces lo más saludable es solo disfrutar el momento, tomarte esa tapa con esa caña y retomar esa relación de amistad que comer la ensalada con el filete midiendo cantidades o ese plato con miedo a saltarte esa exigencia que te has marcado porque te lo dice fulanito o fulanita. O comer y preguntar a la IA si está bien lo que comiste. ¿Desde cuándo normalizamos todo esto?

Con este post, no elevo una llamada a no cuidarse, si no a escucharse; a bajar esa exigencia que se sostiene en pilares de miedo. Miedo a engordar, miedo a no ser aceptado, a no gustar, a no tener tu lugar… Todo eso son ilusiones. Es una mirada impuesta por la sociedad y una desconexión contigo mismo.

Te lo digo porque lo he vivido en mi y todavía continúo pero lo intento sostener con otra mirada y otro sentir. He llegado a realmente no saber que comer, que alimentos eran buenos para mi. Si podía comer fruta o si está mal comer pasta o gluten.

He escuchado a muchísimos profesionales que defienden diferentes corrientes de pensamiento en cuanto a la alimentación y todas son válidas, seguramente todas son reales, todas son verdad. Pero como en todo, no hay una única verdad. Lo que quiero decir aquí, es que te formes tu propia verdad, encarnándola en ti.

Algo no te sienta bien porque te diga tu compañera de trabajo que a ella no le sienta bien, a lo mejor, lo que no te sienta bien, es hablar con ella de esos temas. Simplifica, come alimentos reales, come desde la calma y disfruta de cada bocado. Respira antes de comenzar a comer. Me gusta pensar en la típica escena de películas, cuando bendicen la comida. Ahora le veo mucho sentido a ello. Bendecir es «bien decir» y uno dice lo que piensa, si bien dices, bien piensas. Si piensas bien, tu cuerpo responde bien. Intenta no nutrirte por todo lo que te dicen, tómalo como una posibilidad pero experimenta en ti y crea tu verdad que es única y exclusiva para tu cuerpo.

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