Cuando la pereza trae el mensaje de algo más
Vamos por mitad de septiembre, el mes de volver a rutinas, regreso a hábitos…porque septiembre tiene unas «vibes» que recuerdan a enero. Mes de empezar o de vuelta a propósitos o quizá comenzar nuevo curso con nuevas actividades. O llegan novedades o bien regresamos a las rutinas marcadas desde antes del verano.
En mi caso, he vuelto de unos días de vacaciones por Cádiz y tras un mes de agosto y casi la mitad de julio sin hacer nada de deporte, me propuse volver como siempre en septiembre al gimnasio. Pero mi mente quiere regresar, tal vez desde el sentimiento de sé que es sano moverse, sé que me va bien entrenar…más mi cuerpo me responde con pereza.
Regresé la semana pasada a un par de clases, un día pilates y otro día spinning y volví a sentir ese rechazo por ir a entrenar. La pereza regresa. Esa sensación pesada de mirar las zapatillas de deporte y sentir un «no» rotundo en todo el cuerpo. Lo fácil y el gesto mental automático habría sido culparme, forzar la máquina y obligarme a moverme por pura disciplina. Eso está bien y lo he hecho anteriormente. Pero esta vez decidí hacer algo diferente: decidí sentarme a escucharla. ¿Y si esta desgana no fuera pereza, sino mi cuerpo pidiéndome un ritmo distinto? ¿Y si el verdadero propósito de este nuevo curso no fuera entrenar más, sino conectar mejor?
Me cuestiono la pereza porque lo que sentí fue algo muy distinto: fue la necesidad real de conectar con mi cuerpo. Comencé a observar mi pisada, a sentir cómo apoyo los pies. Me di cuenta de que suelo caminar echando el peso sobre la parte superior, en lugar de hacerlo sobre los talones. Al observar cómo cambia mi postura cuando apoyo el peso corporal en los talones, descubrí algo mágico: mi espalda se endereza y mi cuello queda más recto. Se hace raro, claro, pero quiero corregir esa tendencia e implementar conscientemente esto nuevo que he descubierto sobre mí. La forma en que pisamos y nos paramos ante el mundo es un reflejo directo de nuestro estado interno.
Porque, además de la información según la forma de nuestro cuerpo físico, está todo lo que expresamos a través de nuestra postura, de nuestra forma de andar y de cómo apoyamos el peso corporal en los pies. Tu manera de caminar habla de cómo estás transitando la vida. Descubrir que volcaba el peso hacia delante me hizo ver que, a veces, camino con la prisa del que ya está pensando en el siguiente lugar. Llevar el peso a los talones ha sido como decirme: enraízate, estabiliza tu cuerpo, érguete hacia arriba, eleva la mirada, estás aquí. Y es verdad, tengo una mente que siempre suele ir a pensar en lo siguiente, buscando esa falsa eficiencia que nadie va a premiar pero que parece que creo que he de llegar a todo y más.
También he notado una profunda necesidad de estirarme. Desde que me despierto —algo completamente nuevo para mí—, siento que quiero estirar todo el cuerpo: la espalda, los brazos, abrir el pecho, la mandíbula y relajar las piernas. Al estirar, siento que conecto de nuevo con mi cuerpo y con su rigidez. La observo y siento cómo, amorosamente, el cuerpo va cediendo de forma natural. Esa tensión inicial se transforma en una sensación placentera; logro llegar más lejos sin presionar. Siento mis manos acercarse al suelo al llevar la espalda hacia abajo, regalándome sensaciones agradables e incluso una profunda relajación.
Me relaja tremendamente ese momento de conexión conmigo misma. Mi mente hace match con el cuerpo y los pensamientos, de repente, dejan de correr. Todo toma otro ritmo, más lento. Estoy más presente, más enfocada. Estoy en mí durante ese momento, y lo noto durante el resto del día. Me gusta cada vez más, sentir o activar cada parte del cuerpo a modo de golpecitos suaves, siento que despierto cada zona a la par que tomo consciencia de como se siente.
Además, me he dado cuenta de lo necesario que es este orden. Es fundamental observar primero cómo funciona la mecánica de tu cuerpo: cómo pisas, cómo apoyas el peso y cómo es tu postura habitual, para después poder trabajar desde ahí y fortalecer entrenando. No tiene sentido machacar un cuerpo si antes no entendemos cómo se sostiene.
Por eso hoy le doy las gracias a mi supuesta pereza. Si la hubiera ignorado para obligarme a ir al gimnasio, me habría perdido este mensaje. A veces, lo que llamamos desgana es solo la sabiduría del cuerpo pidiendo coherencia. Mi llamado de septiembre no era entrenar más; era aprender a sostenerme mejor. Elijo no juzgarme. He aprendido a escuchar lo que traía esta supuesta desgana: no era pereza, era una petición de presencia y sutileza. Sé que, cuando sea el momento, voy a sentir las ganas de volver a entrenar más seguido. Pero mientras tanto, disfruto de este nuevo ritmo, habitando cada estiramiento y reconociéndome en cada pisada.


