Del cuidado a la obsesión
Esta semana he vuelto a leer en Instagram a muchas mujeres atrapadas en el mismo bucle: culpa por ganar peso, sobrepensamiento, ansiedad, miedo al juicio y atracones. Lo primero que quiero decir es que me parece muy valiente admitir y compartir cómo uno se siente de forma pública. Es un gran paso, un acto de profunda generosidad. Al hacerlo, muchas mujeres pueden verse reflejadas, apoyadas y sostenidas en un proceso complicado que, normalmente, se oculta hacia los demás.
¿Por qué se oculta?
Se oculta por la culpabilidad de pensar que han hecho algo mal; algo que, además, saben que el entorno va a juzgar. Por eso los atracones se dan en la soledad. Esa conducta alimentaria alterada funciona como un «premio» inmediato. Da un momento privado de satisfacción, una anestesia rápida para llenar esa parte emocional que se siente descubierta. También como respuesta a pasar épocas de gran restricción. Una restricción duramente sostenida y sostenible. El momento del atracón se convierte en una especie de placer prohibido que, inevitablemente, trae arrepentimiento, culpabilidad y frustración. Y para calmar esa frustración, el cuerpo y la mente vuelven a buscar el siguiente atracón. Es un bucle destructivo en el que muchas personas transitan durante años.
Siento que es una responsabilidad de todos ayudar con esta situación de tantísimos trastornos en conductas alimentarias. Y entonces me hago una pregunta:
¿Estos perfiles que hablan constantemente de «comer sano», «adelgazar», «desinflamar», «compensar», «perder grasa» o «controlar» lo que comes están realmente ayudando? Porque, en algunas personas, creo que pueden estar contribuyendo justo a lo contrario.
A alimentar la obsesión.
Obsesión por el peso.
Por las calorías.
Por lo que se ha comido.
Por lo que «deberías» haber comido.
Por cómo te queda la ropa, por si has ido a entrenar.
Por si estás más o menos hinchada.
Por si ayer te «pasaste».
Por cómo compensarlo hoy…
Y cuanto más contenido consumes sobre lo que tienes que hacer para cambiar tu cuerpo, más difícil puede resultar dejar de pensar en él. No creo que hablar de nutrición, salud o hábitos sea el problema. El problema aparece cuando el mensaje convierte la comida en una constante evaluación moral y el cuerpo en un proyecto que siempre necesita ser corregido. Porque para algunas mujeres, seguir consumiendo este tipo de contenido no les aporta herramientas. Les aporta más ruido además de más miedo, control, frustración y dudas. A veces cuidar de nuestra salud también significa dejar de estar tan pendientes de ella, porque eso es confiar y estar en paz.
Tenemos un cuerpo constantemente evaluado por nosotras y por la sociedad. Nuestro cuerpo parece haberse convertido en algo que tenemos que observar, corregir, controlar y justificar ante los demás. Y no podemos hablar de esto sin hablar de la presión social. Porque, aunque nos digan que «todos los cuerpos son válidos», seguimos recibiendo constantemente una imagen muy concreta de lo que se supone que es un cuerpo femenino deseable.
Una mujer delgada.
La vemos en televisión, presentando el tiempo, en las tiendas, en la publicidad, en las redes sociales, como cantante de éxito, como actriz famosa, como referente de belleza. Y, poco a poco, ese cuerpo se convierte en el baremo, en la referencia.
El cuerpo que parece representar la belleza, el éxito, la juventud, el cuidado personal y, en muchas ocasiones, también la deseabilidad y la aceptación social. No es extraño entonces que tantas mujeres sientan que su cuerpo está siendo examinado constantemente. Porque no solo nos preguntamos si nos gusta nuestro cuerpo. También nos preguntamos si nuestro cuerpo es suficientemente bonito, suficientemente delgado, suficientemente deseable y suficientemente aceptable para los demás.
Y vivir bajo esa evaluación constante tiene un coste. El coste del que hablábamos al principio: mujeres viviendo con una enorme sobrecarga mental y emocional, inmersas en una batalla constante con su propio cuerpo.Toda la energía puesta en la mente: en calcular, controlar, anticipar, compensar, resistir, corregir. Una batalla que consume muchísimo espacio mental y emocional. Y, ¿qué podemos hacer?
Empezar a cuestionar el contenido que consumimos y preguntarnos: ¿esto me aporta salud o me hace estar más pendiente de mi cuerpo y de la comida? Elimina perfiles de este tipo si solo te crean más pensamientos acerca de este tema.
Date una nueva oportunidad contigo misma, aprendiendo a escuchar de nuevo las señales del cuerpo: hambre, saciedad, cansancio, placer, necesidad de descanso.
Dejar de compensar. Una comida no necesita ser castigada con otra más restrictiva o con deporte.
Flexibilizar las reglas alimentarias que nos hacen sentir que hay alimentos «buenos» y «malos», y que comer determinados alimentos dice algo sobre nuestro valor o nuestra fuerza de voluntad.
Y, sobre todo, pedir ayuda cuando sentimos que la comida, el peso o nuestro cuerpo están ocupando demasiado espacio mental. Uno de los mayores actos de cuidado y amor que podemos tener con nosotras mismas es dejar de intentar ser aceptadas a través de nuestro cuerpo y empezar a vivir, agradecer y disfrutar de él.


