La mirada distorsionada
Ayer buscaba fotos de mi sobrina cuando era bebé. Mañana cumple 14 años y me preguntó si teníamos fotos de aquella época. Entre todas las que encontré, aparecieron varias en las que yo también salía con ella. Y me pasó algo curioso: me quedé sorprendida al verme. Me vi bien. Me vi guapa. Lo que más me sorprendió no fue la foto, sino recordar cómo me veía yo entonces.
Recuerdo que me veía mal. Tenía muchos complejos, poca confianza en mí misma y un concepto bastante pobre de mi propia imagen. Me sentía fea y todo aquello se reflejaba en mi manera de comportarme, de relacionarme y de sentir.
Entonces pensé en lo poderosa que puede ser la imagen que construimos de nosotros mismos. Porque nuestras creencias no solo condicionan lo que pensamos. También condicionan lo que somos capaces de ver. Si yo creía que no era guapa, buscaba —sin darme cuenta— pruebas que confirmaran esa creencia. Me miraba desde ella, encontraba defectos y esos defectos reforzaban lo que ya pensaba de mí. Un bucle difícil de romper.
Pero ayer ocurrió algo diferente. Vi exactamente la misma cara que había estado ahí años atrás. La misma persona. La misma foto. Sin embargo, yo ya no la veía igual. La miré con los ojos con los que me miro hoy y pensé: ¿Cómo podía verme tan mal? Si estaba bien. Si era guapa. Si había mucho más en mí de lo que yo era capaz de ver entonces.
¿Cómo es posible que una misma fotografía provoque dos reacciones tan opuestas? Quizá porque los ojos miran, pero la mente interpreta. Lo que percibimos está influido por nuestras experiencias, emociones, expectativas y creencias. No vemos solamente lo que tenemos delante; también vemos, en parte, lo que estamos preparados para encontrar.
Y cuando la mirada se dirige hacia nosotros mismos, esto puede tener consecuencias enormes. Si creo que no soy suficiente, mi atención tenderá a buscar aquello que confirme esa idea: la arruga, el grano, el cuerpo que no me gusta, lo que no hago bien, lo que me falta… y dejará fuera todo lo demás.
No porque esa sea la realidad completa, sino porque es la realidad que mi mente está preparada para encontrar. Y eso es lo que más me sorprendió al volver a verme en aquellas fotos. No había cambiado la foto. Había cambiado yo. Y, sobre todo, había cambiado la mirada desde la que la observaba.
Ahora podía mirar a aquella chica con más cariño y sin la dureza con la que ella se miraba. Y apareció algo que siempre había estado allí, pero que yo no había podido reconocer: estaba bien.
Y entonces pensé en cuántas veces habré vivido desde una imagen de mí misma que no era real.
Cuántas decisiones habré tomado desde el miedo a no ser suficiente. Cuántas veces habré intentado encajar, ser aceptada o conformarme con algo pensando que era lo mejor a lo que podía aspirar. En amistades, trabajos, relaciones… Cuántas veces habré dejado de hacer, de decir, de mostrarme o de disfrutar porque aquella versión de mí misma me decía que no podía, que no era capaz, que no era suficientemente guapa, interesante, inteligente o valiosa.
Tal vez creamos una parte de nuestra vida desde la mirada con la que nos vemos. Y si esa mirada está condicionada por nuestras creencias, quizá también lo esté la vida que construimos desde ella.
¿Y si dentro de diez años miro una foto de hoy y me ocurre exactamente lo mismo?
Puede que mire mi cara de ahora, mi cuerpo de ahora, mi vida de ahora y piense: “Qué bien estaba. ¿Cómo podía no verlo?”
No necesitamos esperar diez años para aprender a mirarnos así. Quizá podemos intentar mirar nuestro presente con los ojos que algún día tendremos al recordarlo. No para idealizarlo, ni para decirnos que todo es perfecto. Simplemente para reconocer que hay mucho de nosotros que hoy damos por hecho y que algún día echaremos de menos.
Tal vez esta cara que hoy critico sea una cara que algún día recordaré con ternura. Tal vez esta etapa que hoy siento que debería ser diferente sea una etapa que algún día recuerde pensando: “No sabía lo bien que estaba mientras la estaba viviendo.”
Crear a nuestro favor puede empezar por ahí: por aprender a mirarnos hoy con los ojos de la persona que seremos mañana.
Porque tal vez esa persona futura ya sabe algo que nosotros todavía estamos aprendiendo:
que no tenemos que convertirnos en otra persona para poder reconocer el valor de la que ya somos.

