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Reconociendo antiguos patrones

11 de octubre de 2026

Estas últimas semanas estoy siendo más consciente de algunos patrones que se repiten en mí. Formas de reaccionar que pensaba que ya había superado, maneras de relacionarme, de protegerme… mecanismos que quizás en algún momento de mi vida tuvieron sentido para mantenerme a salvo, pero que hoy puedo empezar y elegir mirar desde un lugar nuevo.

Lo cierto es que nunca hasta ahora lo había visto, un patrón en concreto, con tanta claridad. Llevo muchos años —casi toda la vida— observándome, estudiando, leyendo y reflexionando, y sin embargo, nunca deja de revelarse algo nuevo sobre mí.

Esta semana me pillé de pleno. Me di cuenta de una reacción muy antigua: una mezcla de víctima y mártir a la vez, con una narrativa con cierto tinte dramático. Una historia mental que, si me meto de pleno en ella y si la comparto con todo detalle, goza de una coherencia absoluta. Sentí la rabia —esa rabia que se experimenta como un fuego destructor y purificador—, escuché con atención el relato que mi mente me contaba y pude ver con nitidez cómo todo ese ruido se basaba, en gran parte, en el pasado.

Esta vez hubo un cambio de guion. Aunque era consciente de la tormenta interna, —como para no serlo…— cuando logré calmarme, pude llegar a un espacio diferente dentro de mí. Un lugar en el que no me identificaba totalmente con el personaje, sino que simplemente lo observaba.

Al principio, admito que me juzgué por sentirme tan enfadada y rabiosa. Pero el juicio se disolvió cuando llegué a entender qué parte de mí estaba intentando proteger esa reacción tan visceral. También comprendí de dónde venía, era del pasado y de la mirada del mundo que yo tenía entonces. Sé que ya no tiene continuidad en mi presente, veo que no tiene ni siquiera practicidad reaccionar así y acepto que, a veces, esos patrones vuelven a aparecer. Al profundizar en esa observación, comprendí que la clave de todo es saber desde dónde hacemos lo que hacemos. Muchas veces actuamos desde una necesidad de reconocimiento que ni siquiera sabemos que está ahí. Esperamos un gesto de aliento, una muestra de gratitud, una respuesta humana que nos haga sentir vistos. Y no hay nada malo en necesitarlo. Somos humanos y necesitamos conexión, reciprocidad y afecto. También necesitamos sentir que somos respetados, que nuestro tiempo es nuestro y no porque estemos dispuestos siempre a estar ahí, seamos de libre disposición de los demás.

El recorrido de mi narrativa, como os comento, terminó en un nuevo lugar: con la decisión firme de un cambio. Un «no», un marcar límites tanto para uno mismo como para los demás, se convierte en la decisión más sana posible. Ni siquiera lo comuniqué a nadie, primero lo acepté dentro de mi, no, no lo acepto de esta manera y no voy a volver a disgustarme tanto. Y esto no es, en absoluto, un llamado a dejar de acatar nuestras responsabilidades ni a evadir nuestras obligaciones cotidianas. Es una invitación a descubrir desde dónde actúas. A descifrar qué se despierta verdaderamente en ti cuando sientes rabia, malestar, o esa punzante sensación de cansancio e injusticia.

Porque cuando decides en firme desde ese nivel de consciencia, la mente finalmente se apaga. Ya no hay más conversación interna ni narrativas dramáticas en bucle. No hay nada más que hablar. Cuando la determinación es real y nace de un entendimiento profundo, lo único que queda es un gran alivio y una inmensa paz. Está decidido.

No busco anestesia, quiero sentirlo todo. Tampoco busco ni doy una solución mágica que consiga que nunca más me enfade o que me impida sentir rabia ante una situación. La rabia, como todas las emociones, es sagrada, y tiene un papel muy importante. Lo que quería es comprender, desde una perspectiva más elevada, el porqué de esa reacción que venía desde hace tanto tiempo. Porque detrás de un patrón que se repite, hay algo detrás que la consciencia puede iluminar.

Porque solo viviendo este proceso de muerte y renacimiento interno, solo desnudando al personaje y mirando de frente en el espejo, se puede decidir en firme. Solo desde esa alquimia personal y esa madurez profunda podemos elegir, con verdadera libertad, poner límites o poner fin a actitudes propias o de otros. Para que lo nuevo pueda nacer, primero hay que tener el valor de dejar morir lo que ya no nos sirve. Y esto puede ser dejar atrás patrones recurrentes y que ya no se adaptan a tu nueva realidad ni a como decides sentirte.

Y tú, ¿te has descubierto alguna vez atrapada en el personaje del mártir, sosteniendo obligaciones desde el resentimiento en lugar de la consciencia? ¿Qué te revelan tu cansancio o tu rabia cuando te detienes a mirarlos de frente? Te leo en los comentarios.

From → Reflexiones

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