
Desde siempre, cuando salía a la calle, acostumbraba a ponerme unos auriculares y escuchar música. Todo lo hacía con música. Ir a comprar, a pasear, ir al trabajo o dirigirme a un punto de encuentro con amigos. Era impensable hacerlo sin escuchar algo. Acompañarme de mis canciones favoritas era algo así como un ritual de empoderamiento hasta que llegaba al lugar donde quisiera que me dirigiera.
Era un hábito bien arraigado, sea cual fuere el estado de ánimo de ese momento. Con el paso del tiempo, fue variando el dispositivo electrónico, comencé caminando con walkman de pilas en mano con cassete grabado de radio, después pasé a una miniradio, pasando por Mp3 que luego fue un Mp4 y terminando escuchando desde teléfono móvil. El gesto de siempre escuchar algo de música era también mi refugio emocional, las canciones se convertían en ese detonante que necesitaba para sentirme peor y llorar, normalmente creyéndome víctima de algo o alguien y dándome pena a mi misma.
Y estaba bien.
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